Durante las últimas semanas hemos asistido a un fenómeno curioso. Los titulares hablan de absentismo, de golpes de calor, de salud mental, de productividad o de inspecciones de trabajo. A primera vista parecen noticias independientes, pero cuando se analizan en conjunto cuentan una historia completamente diferente.
Lo que realmente está ocurriendo es que estamos asistiendo al deterioro progresivo de la capacidad operativa de muchas organizaciones. El absentismo ya no puede entenderse únicamente como un problema de bajas médicas, ni la productividad como una cuestión de trabajar más horas. Ambos son síntomas de un mismo fenómeno: sistemas de trabajo que empiezan a desgastarse hasta perder eficacia.
El sector del transporte se ha convertido, probablemente sin pretenderlo, en el mejor ejemplo de esta realidad.
El transporte es el primer gran indicador del desgaste organizacional
La reciente muerte de un transportista mientras realizaba una descarga ha vuelto a poner sobre la mesa un debate que llevaba tiempo creciendo. Los sindicatos denuncian jornadas excesivas, presión operativa y fallos en la prevención de riesgos laborales. Paralelamente, la Inspección de Trabajo ha duplicado las sanciones relacionadas con el estrés térmico y el Gobierno prepara nuevas medidas para reforzar la protección frente a las altas temperaturas.
Sin embargo, limitar el análisis al golpe de calor sería simplificar demasiado el problema.
Ningún trabajador pasa de estar perfectamente a sufrir una situación crítica de un día para otro. Antes suele existir un proceso silencioso de degradación: jornadas acumuladas, descanso insuficiente, presión por cumplir horarios, tensión constante, falta de recuperación física y una organización que, poco a poco, va consumiendo la capacidad de respuesta de las personas.
El calor puede ser el desencadenante final, pero rara vez es la causa única.
En sectores como el transporte, donde la concentración, la toma de decisiones y la resistencia física son esenciales, cualquier pérdida progresiva de energía tiene consecuencias inmediatas sobre la seguridad, la calidad del servicio y la productividad.
España sigue midiendo el problema demasiado tarde
Mientras tanto, los datos continúan empeorando.
El coste de la incapacidad temporal superó los 18.400 millones de euros durante 2025 y en el primer trimestre de 2026 más de un millón de trabajadores se encontraban de baja médica. Al mismo tiempo, distintas publicaciones sitúan el absentismo cerca de máximos históricos, con aproximadamente 1,6 millones de personas ausentes cada día de su puesto de trabajo.
Estos datos son preocupantes, pero también tienen un problema: describen el final del proceso.
Las empresas siguen analizando cuántos trabajadores faltan y cuánto dinero cuesta cada baja, pero pocas se preguntan qué estaba ocurriendo semanas o incluso meses antes de que esa persona abandonara temporalmente su puesto de trabajo.
La baja médica no suele ser el inicio del problema. Es la consecuencia visible de un deterioro que llevaba tiempo desarrollándose.
Productividad no significa trabajar más
Otra de las noticias que ha pasado casi desapercibida estos días aporta una reflexión muy interesante. Países como Dinamarca, Francia o Suecia disfrutan de más vacaciones que España y, sin embargo, mantienen una productividad por hora trabajada superior.
Este dato desmonta uno de los grandes mitos del mundo empresarial: la productividad no depende únicamente del número de horas trabajadas.
Depende, sobre todo, de cómo está diseñado el sistema de trabajo.
Una organización puede aumentar la presión, reducir los descansos o exigir un mayor esfuerzo a sus equipos. Incluso puede mejorar algunos indicadores durante un tiempo. Sin embargo, si esa mejora se sostiene a costa del desgaste físico y mental de las personas, el sistema termina perdiendo eficiencia.
Lo que inicialmente parecía una ganancia acaba transformándose en errores, retrasos, rotación, bajas laborales y pérdida de talento.
En otras palabras, la productividad empieza a financiarse con fatiga.
Y esa deuda siempre termina pagándose.
El absentismo no es el problema. Es el indicador
Este es, probablemente, el cambio de perspectiva más importante que deberían asumir las organizaciones.
El absentismo no debería entenderse únicamente como un coste o como un porcentaje dentro de un cuadro de mando.
Es un indicador.
Igual que la fiebre no es la enfermedad, sino la señal de que algo no funciona correctamente, el absentismo suele reflejar que el sistema organizativo está empezando a deteriorarse.
Antes aparecen otras señales mucho más discretas: aumentan los pequeños errores, se incrementa el retrabajo, las pausas son más frecuentes, los conflictos entre turnos crecen, los supervisores acumulan mayor presión y los trabajadores con mejor rendimiento soportan cada vez más carga.
Son indicadores que rara vez aparecen en los informes tradicionales, pero que permiten anticipar problemas antes de que tengan impacto económico.
El transporte necesita una nueva forma de prevenir
Durante años, la prevención de riesgos laborales ha estado centrada principalmente en evitar accidentes físicos.
Ese enfoque sigue siendo imprescindible, pero hoy resulta insuficiente.
Los riesgos actuales no nacen únicamente de una máquina defectuosa o de un incumplimiento puntual de las normas de seguridad. Cada vez están más relacionados con factores organizativos: sobrecarga de trabajo, falta de coordinación, presión constante, turnos mal diseñados, liderazgo insuficiente o ausencia de recuperación.
En el transporte, donde cualquier pequeño error puede tener consecuencias muy graves, esta realidad adquiere una importancia todavía mayor.
Por eso, además de medir temperaturas, tiempos de conducción o incidencias, las organizaciones deberían empezar a observar cómo evoluciona el desgaste de sus equipos.
Porque cuando un conductor pierde capacidad de concentración, no solo aumenta el riesgo de accidente. También disminuye la calidad del servicio, aparecen errores en la cadena logística y se incrementan los costes operativos.
Del control del absentismo a la inteligencia operativa
Todo el debate abierto durante las últimas semanas —las propuestas de la CEOE, las inspecciones de trabajo, el incremento de las bajas o las nuevas medidas preventivas— tiene un elemento común.
Todos buscan gestionar mejor las consecuencias.
Pero muy pocos hablan de anticipar las causas.
Precisamente ahí es donde creemos que existe una enorme oportunidad para las empresas.
En luismontalvo.es llevamos tiempo investigando cómo detectar ese desgaste antes de que se convierta en absentismo, pérdida de productividad o incapacidad temporal. Esa es la razón por la que desarrollamos el Índice de Entropía Operativa (IEO) y nuestros Centinelas Organizacionales: herramientas diseñadas para identificar las primeras señales de degradación del sistema cuando todavía es posible intervenir.
Porque el verdadero reto ya no consiste en gestionar mejor las bajas.
Consiste en evitar que la organización llegue al punto en el que las bajas se convierten en inevitables.
Conclusión
Todo indica que el absentismo seguirá ocupando titulares durante los próximos meses. Continuarán los debates sobre quién debe asumir los costes, cómo reforzar el sistema sanitario o qué cambios necesita la legislación.
Sin embargo, ninguna de esas medidas resolverá por sí sola el problema si las organizaciones siguen ignorando las señales que aparecen mucho antes de la baja médica.
El sector del transporte está actuando como un laboratorio donde ya pueden observarse muchas de las tensiones que, tarde o temprano, afectarán al resto de sectores económicos. La presión operativa, la fatiga, la salud mental, el envejecimiento de las plantillas o las condiciones de trabajo no son problemas aislados. Forman parte de una misma realidad: la degradación progresiva de la capacidad operativa.
Las empresas que aprendan a detectar ese desgaste antes que sus competidores no solo reducirán el absentismo. También serán más productivas, retendrán mejor el talento y construirán organizaciones mucho más resilientes.

